21.9.10

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Personaje Museístico: El peluquero de Picasso

Una de las esposas de Picasso, Françoise Gilot, decía que el artista tenía una veta maniática que difícilmente controlaba. Pensaba que quien poseyera su pelo o sus uñas podría arrebatarle su fuerza creadora, como Dalila a Sansón. Sólo sus mujeres o él mismo se lo podía cortar, una regla que sólo rompió Arias. “Delante de su amigo perdía todos sus temores”, recordaba Gilot.

Eugenio Arias
Pablo Picasso tuvo fama de manipulador, autoritario y mujeriego. Sólo se mostró sincero y abierto con unas pocas personas, como el poeta Paul Éluard, el filósofo Michel Leiris y su peluquero, el exiliado español Eugenio Arias, quién se convirtió en su gran amigo y confidente durante casi 3 décadas.

Pero, ¿cómo se conocieron un peluquero y un artista de la fama de Picasso?. Eugenio Arias, hijo de un sastre, nació hace poco más de 100 años en Buitrago del Lozoya. A los 13 se puso al frente del negocio familiar (una peluquería), y a los 22 se afilió al Partido Comunista de España. Durante la Guerra Civil estuvo en los frentes de Madrid y Teruel, donde fue herido de bala en el pie izquierdo. Ya en Francia, donde se exilió, también participó con la resistencia en la II Guerra Mundial. Picasso llegó a ese pequeño pueblo cercano a Cannes poco después de terminar dicha Guerra. El pintor se había mantenido en sus trece y no abandonó Francia cuando los alemanes la invadieron. Había resistido las visitas amenazadoras de los nazis en su frío estudio de París, con una entereza que lo convirtió en un héroe al terminar la contienda. Cuentan que fue Dolores Ibárruri, más conocida por todos como “la Pasionaria”, quien los presentó en 1944 durante un homenaje de la Francia libre a los republicanos españoles, pero no fue hasta 1947 cuando comienza en Vallauris su intensa amistad. En ese año, Arias se había instalado en esa localidad, donde abrió una peluquería. La llegada de Picasso fue de pura casualidad; necesitaba una afeitada y su mujer de entonces, Françoise Gilot, se había negado a proporcionársela. Malhumorado y algo fastidioso, Picasso no se esperaba que ese peluquero de pueblo no sólo le hablara en español y fuera como él un implacable antifranquista, sino que además ofreciera llevarlo a las corridas de toros que se hacían en Arlés.

 Picasso tomó la costumbre de ir 2 veces por semana al Salon Arias hasta que el peluquero le propuso ir a su casa, cosa que el artista aceptó. Poco tiempo después, Picasso le regaló un coche, un Dauphine, para que Arias no tuviera que hacer caminando los 3 kilómetros desde Vallauris hasta La Galloise.
El pintor y el peluquero pasaban horas hablando de su entrañable y lejana España, de mujeres, de las corridas de toros, del arte y del trabajo:

-“Arias, ¿qué piensas de tu trabajo?”
- “Cuando corto el pelo a alguien, después sólo veo los errores”. Picasso lo abrazó y con toda espontaneidad le dijo:
-“Eres un artista, Arias. A mí me pasa lo mismo!, cuando termino un cuadro veo siempre los fallos”.

Picasso admiraba a Arias. Le fascinaba que fuera un hombre honesto, culto, enamorado de su mujer, y que había sabido educar bien a sus hijos. Exactamente lo que él no había podido lograr.

Con el paso del tiempo el peluquero de Picasso comenzó a hacerse famoso. Jean Cocteau, Jacques Prévert, el torero Luis Miguel Dominguín y su hermano Domingo iban a cortarse el pelo al Salon Arias cuando visitaban al artista (el párroco de Vallauris también fue uno de los que se cortaba el pelo en el Salon y, según cuentan, un día le dijo que no lo veía nunca por la iglesia. “Es que yo odio escuchar a alguien que no me deja contradecirlo”, contestó Arias, que se jactaba de ser “mucho más ateo” que Picasso. Jorge Semprún escribió: “Durante los años ’50 y ’60 quien quería ver a Picasso tenía que visitar primero el Salón Arias”. Cuando Semprún, Carrillo y otros comunistas españoles entraban clandestinos en España, Arias les hacía una peluca para que nadie los reconociera). También llegaban clientes anónimos, fascinados por el pintor y por la peluquería que en los años 50 era una pequeña galería de arte.

Durante los 26 años que afeitó y le cortó el pelo a Picasso, Arias nunca aceptó cobrarle. El artista lo recompensaba regalándole cada tanto un dibujo, una litografía o una pieza de cerámica. A diferencia de todas las demás personas en el mundo que recibieron alguna obra del pintor, Arias no vendió ni una sola de ellas.
Después de la muerte de Picasso, y la de Franco, cuando España fue nuevamente libre y él pudo volver a España, las donó todas al ayuntamiento de Buitrago, su pueblo natal, el pueblo que no había podido pisar durante 40 años.

Adieu!!.

2 comentarios:

MariluzGH dijo...

Curiosa historia... mi paisano malagueño era un tanto peculiar ¿verdad?
:)

aprendo muchísimo en tu conventillo, gracias por repartir cultura :)

abrazo

Wunderkammer dijo...

Me ha encantado este personaje museístico... todo un tipo este gran Arias :D