
Una de las esposas de Picasso, Françoise Gilot, decía que el artista tenía una veta maniática que difícilmente controlaba. Pensaba que quien poseyera su pelo o sus uñas podría arrebatarle su fuerza creadora, como Dalila a Sansón. Sólo sus mujeres o él mismo se lo podía cortar, una regla que sólo rompió Arias. “Delante de su amigo perdía todos sus temores”, recordaba Gilot.
Eugenio Arias
Pablo Picasso tuvo fama de manipulador, autoritario y mujeriego. Sólo se mostró sincero y abierto con unas pocas personas, como el poeta Paul Éluard, el filósofo Michel Leiris y su peluquero, el exiliado español Eugenio Arias, quién se convirtió en su gran amigo y confidente durante casi 3 décadas.

Pero, ¿cómo se conocieron un peluquero y un artista de la fama de Picasso?. Eugenio Arias, hijo de un sastre, nació hace poco más de 100 años en Buitrago del Lozoya. A los 13 se puso al frente del negocio familiar (una peluquería), y a los 22 se afilió al Partido Comunista de España. Durante la Guerra Civil estuvo en los frentes de Madrid y Teruel, donde fue herido de bala en el pie izquierdo. Ya en Francia, donde se exilió, también participó con la resistencia en la II Guerra Mundial. Picasso llegó a ese pequeño pueblo cercano a Cannes poco después de terminar dicha Guerra. El pintor se había mantenido en
sus trece y no abandonó Francia cuando los alemanes la invadieron. Había resistido las visitas amenazadoras de los nazis en su frío estudio de París, con una entereza que lo convirtió en un héroe al terminar la contienda. Cuentan que fue Dolores Ibárruri, más conocida por todos como “la Pasionaria”, quien los presentó en 1944 durante un homenaje de la Francia libre a los republicanos españoles, pero no fue hasta 1947 cuando comienza en Vallauris su intensa amistad. En ese año, Arias se había instalado en esa localidad, donde abrió una peluquería. La llegada de Picasso fue de pura casualidad; necesitaba una afeitada y su mujer de entonces, Françoise Gilot, se había negado a proporcionársela. Malhumorado y algo fastidioso, Picasso no se esperaba que ese peluquero de pueblo no sólo le hablara en español y fuera como él un implacable antifranquista, sino que además ofreciera llevarlo a las corridas de toros que se hacían en Arlés.