A finales del siglo XIX moría en un asilo de beneficencia de Nueva York un ex millonario aventurero y romántico, cuya obsesión vital había sido buscar arcones repletos de oro, perlas y piedras preciosas en la isla de Cocos, en el Pacífico; la auténtica Isla del Tesoro. August Gissler dejaba este mundo en la más absoluta indigencia, sin haber logrado su propósito y con la mente trastornada. Gastó su fortuna y su vida en lo que él considero que lo merecía. Y todo por un extraño mensaje llegado a sus manos que, según la leyenda, contenía la clave de un tesoro maravilloso.
“Sigue el curso del río, setenta pasos hacia el interior de la isla – decía el documento-. Cuando te vuelvas hacia el norte, reconocerás una peña. A la altura de los hombros de una persona encontrarás una grieta. Habrás de introducir por ella una palanca de hierro. Entonces se abrirá ante ti una puerta excavada en aquella roca. Detrás de ella se encuentra escondido un magnífico tesoro”.
Gissler era muy rico, no necesitaba trabajar, y la pista que ofrecía este documento era tan atractiva como para dedicarle su vida y su dinero.
Quien hoy en día siga esa descripción puede verse cubierto de riquezas fabulosas, porque en este lugar esperan, según una antigua leyenda, más de 30 toneladas de oro y piedras preciosas, una estatua de la virgen de tamaño natural y los 12 apóstoles, gran cantidad de custodias y objetos eclesiásticos, además de 273 espadas, de oro macizo todas ella.