20.8.10

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Psicología Museística: Situaciones bochornosas

¡Tragame tierra!...es lo que seguramente pensó James G. Bennet, fundador y editor del periódico New York Herald, el día de Año Nuevo de 1877 cuando, algo pasado de copas, se trepó por la ventana al piso de su novia, que vivía en la 5ª Avenida de Nueva York, para darle una romántica y dulce sorpresa. En ese instante, le entró una urgente necesidad, con tan mala suerte que confundió el baño con la chimenea y evacuó delante de los parientes de su amada. Bennet se quedó sin novia, y por ende sin casamiento, pero logró que este hecho fuera publicado en el libro Guinnes de los Récords como “La mayor metedura de pata de un compromiso”.

Digamos que nadie ha sido tragado nunca por la tierra y tampoco parece que nadie se haya muerto por tener que sufrir una experiencia bochornosa…Aunque también es cierto que, llegado el momento, para el que se siente avergonzado hasta la médula esto no sirve de consuelo. Porque, ¿cómo pudo salir airosa aquella profesora que al terminar la clase se dio cuenta horrorizada de que llevaba la pollera subida desde su visita al baño en el último recreo?, o cuando, en un banquete oficial en el año 1992, un ex presidente de los Estados Unidos vomitó sobre un primer ministro japonés. Lo más probable es que ambos hubiesen preferido desaparecer en aquel instante. Pero nada; ni cayo ningún rayo, ni tampoco se hizo realidad la esperanza de que llegara en ese preciso momento el fin del mundo…

Nunca hay desenlaces rápidos para los que se sienten abochornados por haber hecho el ridículo. Además, esas situaciones embarazosas –que en realidad, a veces, no son más que faltas contra las normas sociales-las sufrimos con legitimo sofocón (el famoso cierre del pantalón abierto durante una entrevista de trabajo o salida romántica, o el vaso que derramamos encima de alguien, o de nosotros mismos, en la barra de algún bar). Podríamos decir que todo se traduce a una lenta agonía…
Sin embargo, la torpeza por sí sola no es suficiente. Para que uno se sienta verdaderamente avergonzado hace falta que alguien sea testigo de esta funesta circunstancia. O sea, no hay bochorno sin público.

El que se estrola contra una puerta o pared se hará como mucho un chichón, pero si esa puerta o pared es la de un restaurante “top” muy frecuentado, el tropiezo puede hacerlo sucumbir de vergüenza. La risa de los espectadores y la inminente pérdida de buena imagen, sin duda, hacen mella en nuestro ego. Y eso sí que nos duele mucho más que cualquier chichón en la frente. Para colmo de males, en ese preciso momento, en lugar de convertirnos en etéreos, inmateriales, imperceptibles, al mejor estilo “The invisible Man”, o camuflarnos con el color de la pared de turno, como haría un sabio camaleón, nos ponemos colorados como un tomate perita. El pulso se acelera, el corazón late al ritmo de la música tecno, nuestros poros se dilatan y…nos sentimos unos tremendos ridículos (podría decirse que salimos del anonimato y nos transformamos en un auténtico cartel luminoso que dice: “Atención, atención, que mire todo el mundo al que se comió la pared”).

Para Freud y sus seguidores, la vergüenza tiene su origen en la represión de las necesidades sexuales. Quien se acuerde de las situaciones más bochornosas de su adolescencia estará de acuerdo con esta interpretación. Pero, dejando a un costado las fantasías y/o frustraciones eróticas, ¿por qué motivo nos sentimos ridículos también si rodamos por una escalera o tiramos un florero de algún bazar?. Según el psicólogo Michael Hallemann, “la vergüenza actúa como un mecanismo de control social en el día a día. Los hombres evitan las situaciones ridículas en forma natural. Temen el aislamiento y el rechazo de los demás”.

Es muy posible que el sentido del ridículo actúe como un controlador social, una especie de inspector que supervisa ciertas normas internas, convirtiéndose así en un instrumento regulador en las relaciones con los demás. Nuestra percepción de la vergüenza es el precio que pagamos como individuos sociales, que no existirían sin el reconocimiento y la observación de los otros. A lo mejor esto explique la función de ruborizarse. Un rostro colorado, encendido, puede estar diciendo: “No cumplí con alguna de nuestras normas de comportamiento”.

A pesar de la parte psicológica y social, a todos nos sigue pareciendo muy desagradable la vergüenza y el rubor. Por esta razón nos gustaría eliminar de nuestras vidas toda situación proclive al ridículo o, al menos, sobrevivir a ellas sin que nos afecte demasiado.

Lamentablemente no existen soluciones mágicas para evitar los bochornos, pero ante un eventual desliz, o aterrizaje forzoso a tierra, recuerde lo siguiente: tómeselo con naturalidad y con un toque de humor… Y si eso no funciona, siempre queda fingir una ligera amnesia.

Adieu!.

Para seguir leyendo:
-Comportamiento Museístico: El cambio drástico de vida
-Costumbre Museística: El duelo
-Costumbre Museística: La siesta


3 comentarios:

Anónimo dijo...

Otro post muy cierto.
Yo recuerdo que cuando era pibe, estando en la secundaria me quise levantar a una chica que estaba en 4to año (yo en 2do). Un día,tratando de "cancherear", le pedi un cigarrillo con tan mala suerte, y punteria, que cuando lo prendi tambien se me prendio fuego el flequillo. Gracias a eso mi vida en el colegio fue un desastre. Me miraban y se mataban de la risa. TRAGAMETIERRA!!!.
Nacho

Diego Ariel Vega dijo...

Muy bueno...
Tengo un compañero que cuando presentó a sus padres a su novia por primera vez la presentó con el nombre de una anterior, lo cual originó una situación de suma incomodidad que casi le costó el noviazgo (aunque hoy están felizmente casados hace tiempo) A veces se puede remontar esos casos, pero en otras ocasiones es determinante...

César Sempere dijo...

Buena entrada de un tema muy curioso y difícil de explicar.

Un saludo,