22.2.10

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Deporte Museístico: La Esgrima

De pelo blanco y ojos celestes, mirada triste e impecable porte, Diego, mi abuelo materno, fue un eximio esgrimista. Yo no lo conocí porque se fue temprano de este mundo.
Todo lo que mi abuelo supo del arte de la esgrima se lo enseñó a mamá. Ella practicaba junto a él todos los movimientos, todas las poses, todos los desplazamientos y todos los secretos. Esa fue una de las etapas más felices de la vida de mi abuelo, y de mamá también.
Mamá guardó como un tesoro los floretes y la careta de su padre. Yo cuando los miro colgados de la pared siento que ahí mismo está mi abuelito. Me pone feliz saber que encontró una forma de conocer a sus nietos.

Ciencia de armas, medio de educación, deporte o arte de recreo, la esgrima siempre aporta riqueza. Riqueza de una historia milenaria, de una técnica increíble y de resultados impecables.
La historia de este deporte es muy significativa. Describe la humanidad a través de la espada y nos cuenta las costumbres de la época en la cual se inscribe.
Más de 4 siglos antes de los Juegos Olímpicos de la Grecia antigua, un bajorrelieve del templo de Médinet-About en el Alto Egipto y construido por Ramsés III en 1190 a.C., evoca una competencia deportiva organizada por el faraón para celebrar su victoria contra los Libios.
Las armas – seguramente bastones con placas - tenían un botón formado por un abultamiento bien visible. Las manos estaban protegidas con una guardia parecida a la de un sable y algunos esgrimistas tenían la cara protegida con una careta cuya barbilla acolchonada, cubriendo las orejas, estaba agarrada a la peluca. El brazo no armado servía para parar y estaba protegido con una especie de escudo.
La traducción de los jeroglíficos nos revela que los adversarios se decían “¡¡¡En guardia y admira lo que va a hacer mi valiente mano!!!”, y que los espectadores apoyaban a sus favoritos gritando: “¡Avanza!”, o “¡Excelente combatiente!”. El vencedor saludaba con la mano y con su arma al faraón acompañado de su cortejo.

Es necesario atravesar las épocas y transportarse a Grecia para encontrar en la hoplomaquia (combate con armas uno a uno) los rastros de una competencia en donde se ofrecían premios a los vencedores, ya fueran “hombres hechos y derechos o niños “. Muchos de nosotros sabemos que la esgrima figuraba en el programa de los primeros Juegos Olímpicos de la nueva era, en 1896 ; pero muchos ignoran que seguramente también figuró en los primeros Juegos Olímpicos, en 776 a.C. Combates olímpicos en donde los atletas (palabra derivada del griego “combate”) debían ser griegos, libres y sin reproche (en el Diccionario de las antigüedades Griegas y Romanas, se nos enseña que en el III siglo, en Téos, Grecia, al hoplomacus -maestro de armas- se le pagaban 300 dracmas : mucho más que al maestro de tiro al arco o al de jabalina. Este libro evoca dos maestros de gran reputación del siglo V, Euthydeme y Dyonysodore, que enseñaban la hoplomaquia –esgrima- a cambio de una buena cantidad de dinero).
En 648 A.C., la enseñanza de la esgrima o “armatura”, fue introducida en los campos romanos por el cónsul Rutilius, con el fin de que “el valor se una al arte y el arte al valor”. Así, la esgrima se fortalece con el ímpetu del valor, mientras que el valor toma de la esgrima la ciencia y la destreza. Los oficiales instructores (lanistas, campiductores o rudiaires) privaban de trigo a los malos alumnos pero les daban grandes porciones de cebada y latigazos (Virgilio, La Eneida, libro I).

La llegada de las armas de fuego y el invento de Gutenberg fueron decisivas para la esgrima, que vio sus armas aligeradas y sus técnicas popularizadas. Antes de estos inventos, esta ocupación principal de la nobleza y de la élite de la sociedad era sobre todo una ciencia oculta y las estocadas secretas eran tan buscadas como la piedra filosofal o el elixir de la vida eterna. De este conocimiento dependía, más que la vida, la justicia y el honor.
En los siglos XII y XIII, ya se veían en Francia los “donadores de lecciones” y de consejos de esgrima, cuya función era preparar al duelo judicial y a veces, pagando una fuerte cantidad de dinero, remplazar en el terreno a las personas involucradas. Eran los abogados de armas, que luego se volvieron los “bravi” de Lombardia y los “maistres” jugadores y esgrimistas de espada. Los duelos judiciales tuvieron lugar hasta el siglo XVI. La verdad y el buen juicio no podían más que triunfar en estos “juicios de Dios” en donde la espada decidía y separaba lo verdadero de lo falso, la fe, cuya gloria sólo era vanidad, exaltaba el valor a través del filtro de un propósito extremadamente moral. Después de algunos errores judiciales en donde “la mano de Dios” tuvo menos peso que el poder de la esgrima, la ordalía (del antiguo inglés ordal y del germánico urthel) fue suprimido finalmente en beneficio de una justicia más humana. Resulta que los símbolos de la espada y de la justicia atravesaron los siglos y todavía hoy son asociados, impregnando la esgrima de una fuerte ética.
Los autores y maestros españoles Pons de Perpignan y Pedros de Torre marcaron la esgrima con una huella universal y el antuerpiense Gérard Thibaulst se inspiró de su enseñanza para escribir en 1628 un libro que se volverá célebre en el medio esgrimístico, “Académie de l’Espée», una obra tan interesante por las láminas y a veces tan indigesta por el texto. Pero la fría y un poco pretenciosa seriedad de la esgrima española pasa de moda a principios del siglo XVII, dejando el camino libre a la esgrima italiana. Los maestros de armas italianos afluyeron a la corte de los reyes de Francia, de Charles IX a Louis XIII. Permanecieron hasta la Revolución. Los más conocidos son Pompée y Silvie. Por su parte, los maestros franceses no dudaron en frecuentar las salas de armas de la península. Ahí se encontraron con la nobleza francesa, ávida de duelos, que prefería la defensa de su espada a la de los abogados del rey. En esta época los progresos de la esgrima italiana y francesa van a la par, como atestiguan los encuentros y duelos clamorosos entre las dos naciones, pero también los tratados de esgrima que empiezan a florecer : Agrippa (1553), Marozzo (1566), Fabris (1603), Capo Ferro (1610), etc. Pero es verdaderamente con Viggiani que el “desarrollo” del esgrimista deja de ser una palabra vana para volverse una técnica en pleno derecho : las guardias, la medida y el momento favorable para el ataque (tempo) aparecen como las principales preocupaciones.
Henry de Sainct-Didier no fue solamente el primer autor francés (1573), el primero en hablarnos del “floures” o florete, sino también el primer verdadero pedagogo. Será imitado solamente 60 años más tarde, en 1635, por Le Perche del Coudray : raros son los diestros tan hábiles tanto en el manejo de la hoja como el de la pluma, aún si la esgrima y la escritura se parecen cada vez más. Molière no hará nada para acercar estas “ciencias” a sus maestros, sin embargo su “Bourgeois Gentilhomme” será un documento remarcable en varios aspectos. Resumirá muy atinadamente la esgrima como el “arte de tocar sin ser tocado”. Así, en el combate, todo el arte consistía primero en no ser tocado y en tocar si se podía.
La esgrima moderna nació verdaderamente a principios del siglo XIX, el romanticismo la consagró gracias a maestros como Lafaugère (1815), Gomard (1845), Grisier (1867), Cordelois (1872), o Bertrand, tirador incomparable y demostrador excepcional que modificó la guardia, perfeccionó la riposta, estableció las reglas para los tempos, los golpes de arrestos, las remises y los redobles.
El siglo XIX fue un siglo extraordinario – la edad de oro– para la práctica de la esgrima, que nada más viene a contrariarla : las armas ligeras y equilibradas permiten proezas técnicas en total seguridad, los maestros de armas, en la cúspide de su ciencia, a veces de su gran ingeniosidad, transmiten y codifican el arte del “bello y fino florete”.
A finales del siglo XIX, se consolida la evolución de la trinidad de las armas – espada, sable y florete – pero no forzosamente su cohabitación. Entre “arte” y “deporte” habrá que escoger pronto. Si la esgrima se volvió un deporte, en parte se lo debe a la espada. Esta arma era por definición el arma de duelo, debía ser enseñada en las salas y con ella, el realismo empieza a prevalecer sobre el romanticismo. Alrededor de 1890 se empieza a hablar de esgrima deportiva. Los revolucionarios sugieren hacer “juzgar” los asaltos y contar los tocados de botón. ¡Que revolución ! ¿La primera regla del asalto no era la lealtad?.
Poco a poco, la práctica del deporte se organiza y aparecen las competencias. En abril de 1891 tiene lugar el famoso asalto de florete entre Louis Mérignac y Eugénio Pini, que fue ganado “oficiosamente” por Mérignac, apodado el Gran jefe. En 1896, el florete y el sable figuran en los J.O. de Atenas, la espada aparece en los de París, en 1900 y los encuentros por equipos en 1908.
Con respecto a la señalización de los tocados, hubo que esperar hasta 1931 para que se experimente el primer aparato de control eléctrico. Paul Souzy hizo un gran progreso con su “espada electrófona”, compuesta de una caja, un pasante y una espada. Anunciaba los tocados con un zumbador de pilas y con una lámpara eléctrica y marcaba con rojo el lugar del impacto. Desde 1955, la frase de armas del florete puede ser controlada eléctricamente gracias al milanés Carmina, la del sable esperará hasta el último decenio del siglo XX.
En fin, el hombre siempre ha buscado armarse contra la naturaleza, y contra el Hombre mismo, esto desde Caín. La historia de la esgrima es un testimonio apasionante de esta continua búsqueda.

Post dedicado a mi querido abuelo Diego.
Adieu!.

3 comentarios:

edy dijo...

Deporte elegante donde los hayas,casi siempre lo hemos visto en pelis,pero debe ser toda una experiencia,verlo en directo,un saludo.

Anónimo dijo...

Increible Museologa!. Excelentisimo post.
Como siempre un placer leerla.
Francisco.

Cayetano dijo...

O sea que la cosa viene de lejos. Nada menos que de tiempos de los antiguos egipcios.
Muy interesante.
Un saludo.