2.12.09

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Objeto Museístico: El Paraguas

Luis Felipe, rey de los franceses, nunca salió a la calle sin paraguas; el papa Paulo I (757-767) regalaba sombrillas a sus visitantes; al duque de Wellington jamás se lo vio sin su paraguas y Chamberlain parecía, como diría Quevedo, un hombre a un paraguas pegado. Sin embargo hoy, cuando en los días lluviosos las calles se ven colmadas de multicolores paraguas, nadie se imaginaría que un objeto tan cotidiano haya acompañado a muchos personajes como símbolo de su prestigio social. Hubo un tiempo en que su valor simbólico superó la utilidad de este artilugio, desde siempre contradictorio tanto en su historia como en su función. Contradictorio porque, si bien nos protege de una fuerte lluvia, también puede resguardarnos del implacable y radiante sol; ambiguo, porque es la única prenda de vestir cuyas raíces no se encuentran en la historia de la vestimenta, sino de la religión.

Rezan los documentos que tanto la sombrilla como su hermano el paraguas tuvieron su origen en Oriente. Aunque la primera es más antigua que el paraguas, este último no fue inventado hasta que alguién descubrió en 1620 que la sombrilla de hilo, una vez engrasada, protegía de la lluvia.
Para las antiguas civilizaciones orientales el parasol/aguas representaba una especie de bóveda celeste en miniatura que acentuaba la importancia y dotaba de protección a la persona que lo portaba.

Debemos retroceder aún más en el tiempo si queremos entender su significado simbólico, hasta la época remota en que los hombres dependían de las fuerzas naturales y las veneraban. La antigua mitología budista rendía culto al árbol, al que consideraba morada donde habitaban los espíritus de sus dioses. Asociado el paraguas al árbol sagrado, la arquitectura budista adoptó su imagen estilizada para sus construcciones religiosas. Desde entonces las stupas hindúes y las pagodas chinas iban coronadas por parasoles para proteger el altar o la deidad del santuario.

Todavía hoy podemos hallar en la liturgia cristiana ese elemento protector: en las procesiones, cubriendo imágenes, o el Santísimo Sacramento.
En las zonas primordialmente agrícolas del Egipto faraónico y la franja mesopotámica, el parasol constituyó uno de los múltiples símbolos de la fertilidad; pues tanto el calor como la lluvia beneficiaban sus cosechas.
Los relieves en alabastro del siglo IX a.C, encontrados en el palacio de Nimrud, en las proximidades de Nínive, prueban que fueron los asirios y persas los primeros en atribuir al parasol ese signo de poder, dignidad, privilegio de casta o majestad, similar al baldaquín en arquitectura o al palio papal.
Fue en Grecia, alrededor del año 450 a.C, donde aparecieron los primeros indicios del uso práctico del parasol. Por lo visto, los sacerdotes helenos se dieron cuenta de lo agradable que resultaba caminar en las procesiones bajo la sombra que les proporcionaba el parasol. Según el escritor latino Marcial, las mujeres griegas y después las romanas adoptaron la práctica sombrilla en seguida, como accesorio clave para realzar su elegancia.
El riguroso ascetismo de los primeros cristianos desterró este objeto de la vida profana, y tras la caída del Imperio Romano, el Medioevo lo sustituyó por un capuchón para la lluvia. Tiempo después, los parasoles volvieron a hacer acto de presencia en Europa, de la mano de los portugueses, en el siglo XVI.

Al igual que en la época clásica, la sombrilla encontró fácil mercado entre las mujeres de las clases privilegiadas, que no pudieron contenerse a su encanto. Sin embargo, la pesadez y poca impermeabilidad de sus toscas telas, así como la complejidad de su mecanismo, resultaban excesivas para sus delicadas manos. Hasta que los jesuitas no trajeron del Extremo Oriente los finos tejidos de seda a finales del siglo XVI; hasta que los paraguas franceses no sustituyeron el armazón de madera por las varillas de ballenas y el parisiense Marius no perfeccionó, en 1710, el mecanismo de plegado – invento chino muy antiguo-, los europeos lo consideraron más como un objeto propio para coleccionistas. Todavía en 1750, al británico que portaba paraguas se le apodaba “frenchman” (francés).
Con el advenimiento de la burguesía, mediados del siglo XVIII, la sombrilla y el paraguas adquirieron definitivamente la popularidad de la hoy gozan. Por aquellas fechas se creó en París, aproximadamente 1769, una sociedad dedicada a alquilar paraguas a los transeúntes del Pont-Neuf. Había comenzado su época dorada.

Como atributo de sublime elegancia, el paraguas y la sombrilla conquistaron París y todos los demás centros de las tendencias de moda (el guardarropa de todo pequeño burgués incluía - ¡cómo no!- un paraguas).

Durante todo el siglo XIX, aparte de perfeccionar el mecanismo del paraguas, fueron desarrollándose nuevos tejidos para hacer frente a la creciente demanda: hacia 1829 se intensificó en París la producción de seda, en 1848 apareció la alpaca y en 1870 fue introducida una semiseda llamada gloria…Modificaciones que configuraron poco a poco el aspecto actual del paraguas, artículo que permanece invariable desde 1851.


Para terminar, quiero comentarles lo siguiente:

Los paraguas son inestables y hace algunos años eran mucho menos confiables que ahora. En su momento, los fabricantes se enfrentaron a grandes dificultades antes de poder construir un resorte que permitiera abrirlos suave y delicadamente.
No es que fuera de mala suerte abrir un paraguas bajo techo, en realidad era peligroso. Los accidentes se atribuían a la mala suerte porque nadie podía predecir cómo se comportaría un paraguas o precisar cuánto espacio necesitaba para abrirse.
Otra superstición, esta vez referente a la sombrilla, dice que es particularmente de muy mala suerte dejarla sobre la mesa, pues es casi seguro que surgirá una discusión entre los presentes. Tengo que decir que no sé la causa de dicho asunto, por tal motivo lo único que tengo para decir es: creer o reventar!.


Adieu!!!.

7 comentarios:

joselop44 dijo...

Muy interesante. Me has hecho recordar a Fernando Vizcaíno Casas, cuyo padre era uno de los mayores fabricantes de paraguas de España.
Saludos

Fernando Bonatto dijo...

Ya el sol del veinticinco
viene asomando...
y con paraguas por las dudas

AGUSTIN dijo...

es-cla-re-ce-dor!
Ya no repetiremos más, como gansos, el discurso del revisionismo histórico que dice que en 1810 no había paraguas!
El sol del 25 asomó, y después llovió, y la gente tenía paraguas, como dice Billiken!!!

Kutxi dijo...

Interesante y original.

Un abrazo grande,

Kutxi.

Cesc dijo...

Excelente post!!!!
Saludos de el ratoli

zayi dijo...

No sabía ni la cuarta parte de esas historias...desde ahora cuando use un paragua, me sentiré más importante!!!
Besitos.

Mathilde dijo...

Les parapluies, si souvent encombrants lorsque nous sommes déjà chargées, les ombrelles disparues qui reviendront peut-être lorsque la mode sera au teint pâle, ou que la couche d'ozone sera devenue beaucoup trop dangereuse pour nos fragiles peaux, sont tous de très beaux objets qu'il faudrait réapprendre à offrir suivant la personnalité de la personne chérie, tant il en existe de très très beaux et différents !
Si vous habitiez sur Avignon, je vous en offrirai un multicolore et raffiné comme votre blog !